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Un blog de relatos eróticos y cocina con solera. Los relatos narran las aventuras de cuatro mujeres divorciadas y sus conversaciones sobre sexo y hombres. Las recetas se elaboran siguiendo viejos cuadernos de cocina, escritos a principios del siglo XX


lunes, 31 de diciembre de 2012

HOMBRES

     "...La mayoría de los hombres son unos cobardes: prefieren huir antes que dar la cara..." (Conversación femenina)
    Después de pasar la noche en un hotel de lujo con el italiano de potencia desmedida SENSUALIDAD PLENAKatty Lloyd telefoneó a Wynie Smith con la intención de que comieran juntas y hablaran de hombres. Necesitaba contarle a su amiga la aventura que acababa de vivir y escuchar sus opiniones de marisabidilla acerca de la naturaleza del llamado sexo fuerte.
   -¡No me digas que te has vuelto a enamorar!, exclamó Wynie, riendo con ironía, nada más recibir a Katty en su apartamento del Madrid de los Austrias.
  -¡Que bien huele! ¿Qué has preparado?, se interesó en saber Katty, obviando el comentario.
  -Una receta con solera de AbremeloyaMERLUZA A LA MARINERA Cuéntame, vamos, estoy impaciente, la animó.
                                    
 -Acabo de pasar la noche con un amante estupendo. Me atrevería a decirte que el mejor.
    -Pues esa noche tan gloriosa no se te nota en la cara, amiga. No te veo muy contenta.
    -Estoy muy decepcionada con los hombres. Con todos, Wynie.
    -Psss... ¿y qué esperabas? A nuestras edades solemos cagar con mochilas muy pesadas y eso vale también para nosotras. ¿Qué le ocurre a este, también está casado?
   -No, pero tiene novia. Me dejó bastante claro que lo nuestro era únicamente SEXO SIN COMPROMISO y me pidió que no me enamorara de él.
    -Bueno, no está mal. Al menos fue sincero y esa es una virtud que yo aprecio mucho en los hombres. La mayoría carece de ella.
    -Pues a mi me parece fatal lo que hace. No creo que sea muy ético estar comprometido y andar tirándose a la primera que pille por ahí. Seguro que con su novia no es tan sincero como lo fue conmigo, precisó Katty.
   -Bueno, eso está claro. No le va a ir contando los cuernos que le pone, rió Wynie. En cualquier caso, no creo que su novia sea tu problema ni te importe mucho. Me temo que los tiros van por otro lado.
    -No me he enamorado, si te refieres a eso. Ya había estado con él en otra ocasión UN AVE FÉNIX LLAMADA KATTY LLOYD y sé que ese hombre es un pieza. Un tipo entregado al sexo y muy bien dotado para ello. Infiel por naturaleza, puntualizó. Me gusta, pero sé lo que hay y, si lo vuelvo a ver, me aprovecharé de su potencia desmedida, expresó con una sonrisa pícara. Nada más, apostilló.
    -Me alegra escucharte hablar así. Es lo que hay que hacer. Disfrutar del sexo sin esperar nada. ¿Para qué? El amor es muy complicado y las relaciones de pareja dan más quebraderos de cabeza que satisfacciones. Tú debes saberlo bien, que has tenido dos maridos. ¿Para qué quieres otro hombre en tu vida, después de dos fracasos? No lo entiendo. Yo, que solo he tenido uno, no pienso repetir la experiencia. Enamorarme me da un dolor de barriga tremendo.
    -Yo no puedo ni quiero renunciar al amor, afirmó Katty, contundente. El problema es que cada día lo veo más inalcanzable. Los hombres que me interesan, o están comprometidos, o son raros o cobardes. Fíjate en El Psiquiatra EL AMOR DE SU VIDA. Ayer me contó una amiga común que su problema conmigo fue que se dio cuenta de que se estaba enganchando demasiado y tuvo miedo.
  -Ya. Lo suponía. También está divorciado, tiene hijos pequeños y no quería comprometerse. Es así, ¿verdad?
    -Si, un niño de la edad de los nuestros y una niña más pequeña. Me parece bien que no quiera compromisos y, de hecho, nunca hablamos de eso ni de nada especial o serio. No llegó a decirme “te quiero” y yo a él, tampoco. El asunto es que teníamos una relación, hablábamos todos los días y nos veíamos con mucha frecuencia, dos o tres veces a la semana. Y de repente deja de llamar y desaparece de mi vida sin dar explicaciones.
    -Ufff!!! Eso me suena de algo. Es un comportamiento horrible y deplorable, pero lo practican muchos hombres, por desgracia, comentó Wynie en tono apesadumbrado.
    -Estoy cabreada porque me parece una falta de respeto tremenda hacia mi como persona. Lo razonable es que hubiera llamado y me hubiese dicho algo del tipo “estoy muy liado y no puedo verte, vamos a dejarlo por el momento...” En fin, cualquier cosa menos desaparecer sin motivo ni explicación, como si yo fuera una mierda y mis sentimientos le importaran eso, otra mierda. Su comportamiento ha sido feísimo y además, muy cobarde, ¿no te parece?
    -Ya lo creo. Te acabo de decir que hay demasiados hombres que actúan así. Les resulta más fácil huir que enfrentarse a sus verdaderos sentimientos. Y en esa escapada, por supuesto, no tienen en cuenta lo que pudieron dejar en el corazón de la otra persona. Sencillamente, porque lo que intentan es apartarla de su vida. Cuando deciden que ya no cuentas, el respeto hacia ti como persona lo pasan por alto. Tú misma acabas de definir su actitud como cobarde y eso, precisamente, es lo que yo creo haber aprendido con el paso de los años. La mayoría de los hombres son unos cobardes: prefieren huir antes que dar la cara...                                                

SENSUAL Y SEXUAL

...Tomó su mano derecha y la llevó hasta el gran falo que se empinaba luciendo una erección completa...
   Wynie Smith no había hecho ningún plan para el largo fin de semana festivo. Tampoco tenía intención de salir. Las últimas veces en que decidiera echarse a las calles llegó a aburrirse, así que decidió dar una tregua a la nocturnidad. Pasó varios días en casa entre el sofá y la cama, el libro, la cocina y el portátil. El domingo por la noche, tumbada en el sofá y tapada con una manta, veía una película. Agarró el teléfono que sonaba y escuchó la voz de EL AMANTE DURADERO. Estaba en su bar habitual, cerca de la casa de ella, y le propuso que se vieran.
    -Estoy muy a gusto viendo una peli y no me apetece moverme de casa.
    -Más a gusto te voy a dejar yo si me invitas, le propuso él.
                        
     Ella aceptó y, poco después de apagar la televisión y poner música, se afanaba en ordenar el salón cuando El Profesor de Matemáticas llamó al timbre. No lo esperaba tan pronto y la pilló sin arreglar, apresurándose en guardar cepillo y recogedor. Como ella diría, completamente exenta de glamour.
    -Siento recibirte así. No te tenido tiempo de prepararme, le comentó al recibirlo con una sonrisa coqueta en sus labios rosados, sin pintar.
      -Estás guapísima de cualquier forma. Ven aquí. Te deseo mucho.
      -Jajaja!!! Ya será menos. No se te ha ocurrido llamar en todo el puente.
      -Lo he hecho ahora. Necesitaba verte. Sé que la próxima semana tienes a tu hijo y no será posible. Te dije que no quería que volviera a pasar un mes sin estar contigo, le susurraba mientras la abrazaba y llenaba de besos su frente y sus párpados... PLACENTERA DOMINACIÓN
    -Claro, seguro. Y desde el jueves hasta hoy has estado encerrado en tu casa, pensando en lo mucho que me deseabas y necesitabas, expresó ella con sarcasmo.
      -Bueno, salí ayer.
    -Con tu alumna, aseveró Wynie en tono firme, como si los hubiera visto. El sopor enrojeció las mejillas del hombre. 
      -Sí, la vi, admitió. Pero no me acosté con ella, de verdad.
    -Me da igual. Ni quiero saberlo ni me importa. Allá tú con tus movidas. Mientras no me metas en medio, como ya ocurrió una vez, le recordó con ironía.
    -Sabes que no volverá a pasar. Además, mi ya ex alumna -precisó con retintín- no me interesa nada y no quiero hablar de ella, sino gozar contigo. Vamos a la cama, venga, le pidió al tiempo que desabrochaba los botones de su camisa, retiraba el sujetador y dejaba sus pechos al descubierto.
    La cogió en sus brazos, la tumbó en la cama y relamía sus pezones mientras la despojaba de la ropa, Tomó su mano derecha y la llevó hasta el gran falo que se empinaba luciendo una erección completa. Wynie se estremeció al rememorar cuánto disfrutaba teniéndolo dentro y él adivinó sus pensamientos. Como el más duradero de sus amantes, era capaz de intuir las sensaciones que ella experimentaba ante la imponente masculinidad de la que se veía dotado. Palpó su clítoris húmedo y detectó que estaba preparada para recibirlo. Se sentó en la ancha cama y la colocó encima suya, creciéndose aún más en su interior y haciéndole que sintiera la potencia de su miembro atravesándola. Las lenguas enredadas, los torsos pegados, las piernas de ella enroscadas en la espalda del hombre y el sudor de la pasión brotando de frentes y mejillas encendidas. Dos cuerpos en uno. Posesión intensa y profunda que transportó a Wynie varias veces al paraíso de la felicidad infinita mientras su compañero gozaba escuchando los gemidos que envolvían la estancia y sintiendo cómo la hacía tan feliz. EL SEXO SIN PRELUDIOS        
   Pasados los cuarenta y cinco años, El Profesor de Matemáticas se enorgullecía de la potente virilidad con la que la Madre Naturaleza lo había obsequiado. Pasó gran parte de la madrugada entrando y saliendo del cuerpo de una mujer sensual y sexual; una hembra predispuesta a practicar el kamasutra, que recibía de buen grado y se acoplaba a cada una de las posturas que él le proponía adoptar. Un cuerpo que vibraba y se retorcía de gozo en cada una de las embestidas, caderas cimbreantes, manos juguetonas y bocas que saboreaban cada gota de placer...

SEXO SIN COMPROMISO

 "¿Te has masturbado alguna vez pensando en mi?"
    El italiano mordisqueaba y chupaba con delirio cada uno de los dedos de los pies de Katty. La espuma cubría sus cuerpos y el agua tibia y perfumada del jacuzzi combinada con la música chill out que inundaba la estancia invitaba al relajo mutuo. SENSUALIDAD PLENA
   Él le pidió que se acercara, la tomó del brazo y la ayudó a sentarse de espaldas contra su pecho, de tal forma que pudiera lavarle el pelo. Puso un poco de champú en la palma de su mano y lo extendió por todo el cuero cabelludo, masajeando con suavidad al tiempo que acariciaba con su lengua el lóbulo de la oreja de Katty, y ella sentía el rumor del cosquilleo que la atravesaba de pies a cabeza. Aplastó sus pezones entre los dedos pulgar y anular de ambas manos al mismo tiempo y Katty lanzó un gemido placentero.
                        
   -¡Que bien lo pasamos juntos!, exclamó el italiano.
    -Sí muy bien. Genial, asintió Katty.
    Terminó de lavarle el pelo y, mientras le echaba agua templada para enjuagarlo, le hizo una pregunta capciosa.
    -¿Te has masturbado alguna vez pensando en mí, en la noche fantástica que tuvimos?  UN AVE FÉNIX LLAMADA KATTY LLOYD
    -No, contestó ella, a secas.
    -Vuélvete y dímelo mirándome de frente, la retó él.
     Katty lo obedeció y fijó en sus ojos su mirada azul y serena.
     -No lo he hecho, de verdad, reiteró.
    -De acuerdo, te creo. Yo sí lo he hecho pensando en ti, afirmó sosteniéndole la barbilla con la mano derecha y pidiéndole sin palabras que no dejara de mirarlo.
   Katty se sonrojó y se echó a sus brazos con un gesto mimoso. Estaba encantada y transmitía esa sensación aunque no lo dijera abiertamente.
   Se tumbaron uno junto al otro, Katty con la cabeza recostada en su hombro, y el italiano encendió el mecanismo del hidromasaje. Pasaron un rato bajo las burbujas y después se dieron una ducha para quitarse la espuma. No tuvieron sexo dentro del jacuzzi pero, una vez en la cama, lo hicieron varias veces en diversas posturas. Katty gozó de una fuente de placer constante y expresó con sus gemidos el deleite de cada embestida; el éxtasis al que la llevaban los dedos del hombre acariciando su clítoris con movimientos circulares; la lengua que exploraba cada centímetro de su intimidad más recóndita; y la visión del falo grande y brillante que salía y entraba de su interior encendido.
    Lo hicieron hasta agotar todos los preservativos. Katty, con la satisfacción dibujada en su rostro, lo abrazó y besó repetidamente su cuello.
    -No estarás pensando en enamorarte de mi, ¿verdad?, inquirió él.
    -¿Por qué me preguntas eso?
   -Porque no quiero que ocurra. Tengo novia, estoy comprometido, reveló el italiano. Esto es sexo sin compromiso, ¿de acuerdo? Me gustaría dejártelo claro.
    -Está claro, le contestó ella en tono seco.
    El hombre la atrajo hacia sí, la estrechó entre sus brazos y empezó a acariciar su sexo. Puso una de sus manos en su falo erecto y le dijo que necesitaba volver a estar dentro de ella.
   -Sin preservativos, no. Me gustaría dejártelo claro, repitió ella sus palabras con ironía.
  Un amante del sexo, muy bien dotado para ello e infiel por naturaleza, pensaba Katty arrebujada entre las sábanas de la ancha cama, momentos antes de dorrmirse relajada e hinchada de sexo ardiente y sin tapujos.

SENSUALIDAD PLENA

El recuerdo de la imagen de aquel amante de potencia desmedida la turbó...
   Katty Lloyd atendió una llamada de su amiga Estefanía. Estaba en casa, envuelta en una manta y tirada en el sofá viendo la tele, sin ninguna intención de salir. Sin embargo, sucumbió a la insistente petición de su interlocutora. Estefanía, además de compañera de aventuras nocturnas, era su jefa en una de las agencias de modelos a las que prestaba sus servicios y llevaba muy mal que contrariaran sus deseos. Y Katty, que es persona de complacer a quienes la rodean en la medida de sus posibilidades, decidió escoger un modelito apropiado, colorear el blanco de su rostro y subirse sobre unos altos tacones. Su jefa-amiga le había asegurado que asistirían a una cena especial con sorpresa y que la recogería en su casa.
                    
    A la hora indicada, un flamante automóvil de color rojo la esperaba en el portal de su edificio. Katty no tardó en desvelar la sorpresa. Al volante, el galán italiano con el que meses atrás disfrutara de una noche de sexo ardiente y sin tapujos UN AVE FÉNIX LLAMADA KATTY LLOYD.Detrás, Estefanía y el mismo caballero que la acompañaba en la citada velada. Era obvio que el asiento del copiloto estaba reservado a propósito para que lo ocupara ella. El italiano le abrió la puerta del vehículo con un gesto galante y la besó en la comisura derecha de sus finos labios. Un sencillo toque de sensualidad que provocó que una suave corriente de placer atravesara su cuerpo. El recuerdo de la imagen de aquel amante de potencia desmedida, desnudo, la turbó. Las escenas de los labios del hombre recorriendo al completo su extensión anatómica bombearon su cerebro durante el corto trayecto hasta el restaurante. Un tiempo en el que ella permaneció pensativa y silenciosa, mientras un brote de calor la abrasaba por dentro y el resto del grupo hablaba de nimiedades.
    El automóvil se paró en la puerta de un coqueto restaurante francés que Katty ya conocía, situado en el extremo norte de su barrio. El italiano dejó las llaves al aparcacoches y, una vez en el interior del local, una amable señorita los acompañó hasta la mesa reservada. Nada más tomar asiento, su acompañante se fijó en los tacones de vértigo que llevaba Katty y bromeó sobre si podría resistir el baile posterior o tendría él que prestarle sus deportivas de marca, como ocurriera la noche en que se conocieron.
    En esta ocasión, sin embargo, fue distinto. Cenaron en medio de una tertulia trivial sobre trabajos y negocios y se despidieron en la puerta del restaurante. Parecía que todos tenían claro que había llegado el momento de dividirse en parejas y disfrutar de la intimidad. Estefanía tomó un taxi junto a su acompañante y Katty volvió a ocupar el asiento del copiloto del automóvil rojo del italiano para un trayecto bastante corto. Tres manzanas después del restaurante, el vehículo tomó la calle de la derecha y aparcó nada más pasar la esquina. Se apearon en la puerta de una especie de mansión señorial con aspecto de recién restaurada.
    -Espero que te guste mi hotel. Lo he descubierto en este viaje y estoy encantado, le dijo el galán mientras entregaba las llaves del coche al ujier ataviado a la usanza que salió a recibirlos y les abrió la puerta de entrada con una ligera inclinación de cabeza.
   -Seguro que sí, le contestó Katty, sonriendo con un gesto complacido. Por fuera tiene un aspecto estupendo, precisó.
    Se trataba de un íntimo y lujoso establecimiento hotelero de cinco estrellas, con pocas habitaciones aunque, a juzgar por la muestra, espectaculares. Nada más entrar en la suite, él le pidió que se dieran un baño y Katty, embobada con la visión del inmenso jacuzzi, no dudó en aceptar. El italiano abrió el grifo y ella se dispuso a escoger sales y espuma de un cesto lleno de frascos pequeños de diversas clases y aromas. Se desnudaron y se sumergieron en aguas que olían a flores. Cruzaron pocas palabras y muchos besos. Besos que no empezaron en la boca, sino en los pies. Sentados uno frente al otro, con la espuma que cubría sus cuerpos y solo dejaba al aire sus caras, el italiano tomó el pie derecho de Katty, mordisqueó su dedo pulgar y chupó con delirio cada dedo, mientras ella gemía suavemente y se rendía al disfrute de una sensualidad plena...

DELIRIOS DE MUJER

 ...La agarró por las nalgas y la sentó sobre la punta de su tremenda herramienta en erección...
    Una fina lluvia calaba las calles del centro de Madrid en una noche bulliciosa y festiva. Emi Abbott paseaba abrazada a su amante El Polaco. Las gotas de agua que caían incesantes del cielo gris traspasaban las ropas y mojaban la piel, pero Emi no tenía frío. Ni las inclemencias climáticas, ni los gritos de la muchedumbre que se agolpaba en las puertas de las discotecas de moda ni el hambre que empezaba a hacer acto de presencia perturbaban el estado de plenitud que envolvía su ser entero cuando tenía a su hombre cerca. PASIÓN ANIMAL
    Caminaron bajo la lluvia y sin rumbo cierto durante un buen rato. Emi lo miraba embelesada mientras lo escuchaba atentamente. Él le hablaba de su vida monótona en Varsovia, de las estrecheces por las que atravesaba su negocio de antigüedades y de la falta de alicientes al levantarse cada mañana. Se lamentaba por su soledad y por la ausencia de ilusiones en su deambular en este mundo. Le confesaba que la muerte lo había visitado y que se dejó arrastrar por ella, hasta cruzar a su lado la inmensa integridad del firmamento con la velocidad de un fotón. 
               
   Emi parpadeaba confusa y él se agachaba para besar con ternura la piel suave que rodeaba sus ojos claros. La estrechaba aún más contra su pecho y ella se estremecía y se refugiaba bajo su hombro. El Polaco seguía hablando y le explicaba que la muerte consintió en dejarlo volver a la Tierra con la condición de que saboreara la vida junto a ella. Y que, desde los confines del Universo, había vuelto para decírselo y con la intención de que no se separaran nunca jamás.
    Se abrazaron con fuerza y tomaron un taxi. Emi se recostó sobre su pecho y cerró los ojos. Cuando llegaron al hotel, El Polaco la cogió en brazos y cargó con ella hasta entrar en la habitación. Cerró la puerta y la depositó cuidadosamente sobre la cama mientras se desnudaba. A continuación se dispuso a hacer lo mismo con Emi. Desabrochó su camisa blanca, dejó al aire sus pequeños e indefensos pechos y achuchó los pezones entre sus labios, primero uno y luego el otro, hasta que iniciaron un placentero despertar. Emi gimió y se incorporó en la cama. El Polaco le quitó los calcetines y las botas y mordisqueó los dedos pulgares de sus pies. Emi sintió un suave calambre que atravesaba su ser al completo y estallaba en su cerebro. El hombre retiró las bragas de encaje rojo y palpó su clítoris mojado. Le susurró al oído cuánto le gustaba que lo recibiera con esa predisposición. Emi le dedicó una tímida sonrisa y le rodeó el cuello con sus brazos. El Polaco se levantó con ella colgando de su cuello, la agarró por las nalgas y la sentó sobre la punta de su tremenda herramienta en erección. La introdujo lentamente y empezó a moverse dentro de ella. Vaivenes suaves que cobraban fuerza y se hacían rápidos e intensos. Presionaba los muslos con sus grandes manos para alcanzar su interior más recóndito y la embestía una y otra vez, con una potencia implacable. Y Emi, apretando las piernas que cruzaban la espalda de su amante, se abría y dejaba que la penetrara hasta el fondo. Empujones, jadeos y el sudor surcándoles la frente y derramándose por sus rostros...
    Un gemido agudo salió de la garganta de Emi y su cuerpo se volvió rígido al llegar al clímax.El Polaco siguió empujando, ambos se desplomaron sobre la cama y él estalló de júbilo. Emisintió su peso aplastándola contra el colchón y supo que era suya. Tuvo claro que no encontraría a nadie en el mundo con la capacidad que tenía ese hombre para hacerla disfrutar y se deleitó con el gesto de placer que quedó dibujado en su rostro inmóvil...
    Emi Abbott abrió los ojos y despertó a otra realidad. Estaba sola, recostada en el asiento trasero de un taxi parado en la calle. Miró por la ventanilla y divisó el portal de su casa y a un hombre fumando que no era El Polaco, sino el taxista. Abrió la puerta y se apeó del coche. Finas gotas de lluvia mojaron su rostro somnoliento
   -Buenas noches, señora. Veo que se ha despertado. Como se habrá dado cuenta, hemos llegado. No quise molestarla y me puse a fumar para hacer tiempo, le indicó el taxista.
    Ella le pagó, le dio las gracias y se puso a rebuscar las llaves de su casa en el fondo del bolso. Abrió y se refugió en el interior del portal de su edificio, oscuro y vacío a esas horas de la noche. Se sentó en el primer peldaño de la escalera, clavó los codos en sus rodillas y escondió la cabeza entre sus brazos. Pensó en El Polaco y dos gruesas lágrimas surcaron sus mejillas y cayeron al suelo dibujando un círculo impreciso. El agua se derramó de sus ojos hasta dejarlos secos y Emi se puso en pie con la certeza de que a nadie en el mundo podría amar con esa intensidad que pertenecía a El Polaco en exclusiva.

domingo, 30 de diciembre de 2012

PLACERES RECHAZADOS

   ...Besos largos y húmedos con sabor a despedida y a nostalgia...
      Katty cruzó las calles del centro de Madrid en dirección a su casa caminando junto al extranjero del lado oscuro y los secretos de Estado, hasta que la sed invadió cada una de las fibras de su cuerpo. EL BESO INTERMINABLE
    -Vamos a tomar algo, por favor, le pidió . Estoy muerta de sed.
    -No bebo alcohol y no me gustan los bares. Será mejor que compres una botella de agua, si no puedes aguantar hasta que llegues a tu casa, le contestó él, indiferente.
Entraron en un bar y, ante la negativa de su acompañante a quedarse tomando algo en el local, Katty pidió una botella de agua en la barra. Tardó unos minutos en encontrar unas monedas sueltas en el fondo de su bolso y se sorprendió de que el brasileño no hiciera el más mínimo amago de invitarla, pese a tanto dinero como presumía tener. EL CABALLERO MISTERIOSO Salieron de nuevo al exterior. Andando y andando abandonaron las calles estrechas y bulliciosas y alcanzaron una de las avenidas principales de la ciudad, donde las voces de la multitud se trocaron por el ruido del tráfico. Coches y coches que pasaban a gran velocidad, mientras ellos permanecían entregados al paseo y a su silencio. Por fin, se adentraron en el barrio de clase alta donde se encuentra el apartamento de Katty, con sus calles limpias, sus fachadas restauradas y sus jardines cuidados con esmero.
                        
  Cansada de caminar sobre sus altos tacones, ella se sentó en un banco y el hombre aprovechó para arrancar una rosa roja de un parterre y entregársela con un gesto tierno. Katty le dio las gracias con su encantadora sonrisa ancha, y él le tendió su mano invitándola a que se levantara. Lo hizo a su pesar, porque sentía los pies destrozados, y siguieron andando hasta alcanzar el portal de su casa. Con la mirada penetrante de sus ojos negros, Paulo le rogó que lo invitara a subir, pero no se lo pidió con palabras. Volvieron a besarse, besos largos y húmedos con sabor a despedida y a nostalgia. El brasileño le dejó el número de su teléfono móvil y no se marchó hasta escuchar de sus labios la promesa de que lo llamaría.
    Katty no pudo conciliar el sueño en aquella madrugada precedida de besos y secretos. Se levantó una y mil veces de la cama. Tenía mucha sed, una sed que no se calmaba por más agua que bebiera, y los interrogantes sobre aquel desconocido planeaban por su mente como un enjambre de abejas inquietas. La rosa roja que cortó para ella permanecía encima de la mesilla de noche, y se dispuso a ponerla en remojo. Apenas tenía tallo, así que la depositó en un vaso ancho de cristal lleno de agua. Tuvo la sensación de que la flor abrió sus pétalos aún más, cual labios que quisieran hablar, y la miró fijamente mientras flotaba con la elegancia de un cisne en el líquido elemento. Percibió entonces cómo la bella rosa roja le habló del tiempo que se fue para nunca volver, de las oportunidades perdidas, de los placeres rechazados, de los miedos etéreos y de las falsas moralinas que ponen piedras en el camino de la felicidad. Estuvo tentada de coger el teléfono móvil y marcar el número que él le dejó grabado, pero las voces de su raciocinio volvieron a impedírselo. En esta ocasión, rogándole con insistencia que pensara serenamente en la enigmática naturaleza del extranjero.
                           
   Miró sus pies rojos e hinchados y se percató de las muchas horas transcurridas andando sin parar, de la negativa del hombre a entrar en ningún bar y del poco tiempo que había aguantado sentado en alguno de los bancos que se cruzaron durante el largo caminar. Su mente quedó impregnada de la inquietud del desconocido; de su estado de nerviosismo en los cortos ratos en que ella consiguió detener el paseo para reposar sus pies cansados; y del deambular constante de su mirada a un lado y otro de la calle, como si se sintiera perseguido o tuviera miedo de que alguien lo descubriera…
    El resto de la noche transcurrió entre vueltas y más vueltas de un extremo a otro de la cama, intentando dar un respiro a su corazón cansado de latir con tanta fuerza, a sus ojos que parecían no querer cerrarse, a su cuerpo tembloroso y a sus pies machacados. No lo consiguió y, cuando el sol estaba ya en lo alto del cielo azul, se levantó de la cama y se preparó un café bien cargado. No pudo terminarlo porque la sensación de querer vomitar se apoderó de sus entrañas. Tuvo nauseas, unas nauseas familiares, como las que sintió en los primeros meses de su embarazo. Se vio junto al padre de su hijo en aquellos días de la dulce espera, y se preguntó por el tiempo que se fue para no volver nunca del que le habló la rosa. Se recriminó el hecho de que un recuerdo bonito de aquel hombre que posteriormente la hiciera sufrir tanto pudiera aparecer en sus pensamientos mezclado con la añoranza del extranjero del lado oscuro y los secretos de Estado. Quiso que las voces de su interior le dijeran cuándo y cómo dejaría de sufrir por los hombres, y obtuvo la misma respuesta que le daba su amiga Wynie Smith cuando ella le hacía idéntica pregunta: ocurrirá el día que dejen de importante tanto...

EL BESO INTERMINABLE

...Fue un beso grandioso, tímido y tierno en sus inicios, que se iba haciendo apasionado y hondo...
   Después de unos minutos sentados, el extranjero abrazó a Katty y la besó largamente en la boca. EL CABALLERO MISTERIOSO Fue un beso grandioso, tímido y tierno en sus inicios, que se iba haciendo apasionado y hondo conforme el hombre se percataba de que el recato desaparecía de los labios de su compañera. Allí, en aquel banco, en medio de la calle transitada, Katty se sintió admirada y deseada, querida y respetada, amada e incluso adorada. Tras el largo beso, entrecerró los ojos y permaneció quieta y callada unos minutos. Pensaba en el desconocido que la había hecho sentirse tan inmensa, tan poderosa, tan mujer. Solo por un beso. Porque el tipo no se había atrevido ni siquiera a rozar ninguna de sus zonas erógenas. Ese hecho la incitaba a pensar que estaba ante una buena persona, al mismo tiempo que la voz de su raciocinio le pedía que no confiara, que no se dejara llevar, y le rogaba que no subiera a casa del hombre. Que podía ser un espía, o tener cámaras ocultas para grabarla mientras se amaran y vender las imágenes, e incluso colgarlas en Internet. O también podía ser un terrorista, o un traficante de drogas, “quién sabe qué”, pensaba, y debió transmitirle sus pensamientos a través del silencio. El hombre tomó sus manos de anuncio entre las suyas y la miró fijamente a los ojos.
                          
   -No temas, Katty. Soy una buena persona. No te preocupes por lo que hago. Al fin y al cabo, no es nada más que un trabajo. Recibo muchas llamadas al móvil y tengo prohibido apagarlo. Viajo mucho, de una punta a otra del mundo, me hospedo en buenas casas y siempre hay dinero en ellas. Me lo has escuchado antes. Dejé de contar cuando llegué a los cuatro mil euros. No importa, el dinero no importa. Lo único que importa es el amor. Y el cariño, y la familia, y los amigos… Esas cosas normales que tiene la mayoría de la gente, y de las que yo carezco. A cambio, dispongo de mucho dinero. Más del que puedo gastarme y del que cualquier persona de clase media se atrevería a soñar.
  -Mira, no sé quién eres ni a qué te dedicas, pero nada de lo que hablas me suena a normalidad. Me marcho, Paulo. Bastantes problemas tengo con los míos.
   Dicho esto, se levantó del banco y se encaminó apresuradamente calle abajo.. Él la siguió. Sintió el ruido de sus pasos y el olor inconfundible de su aliento que, cual aureola invisible, cubría sus sentidos por completo. Volvió la vista y se topó con la penetrante mirada de sus ojos negros… Con el deseo que brotaba de aquellos labios rojos, carnosos y húmedos. Sin palabras, el extranjero la estrechó entre sus brazos y volvió a besarla con esa intensidad que le pertenecía en exclusiva, y a la que ella ni sabía, ni quería ni podía resistirse.
    Siguieron caminando en silencio. Él intentó llevarla de la mano, pero ella se zafó en un gesto instintivo y la escondió detrás de su espalda. Con idéntico gesto instintivo, el hombre aprovechó para abrazarla. Katty volvió a sentir en su cuerpo la fuerza de sus músculos duros. Y, como antes sucediera con sus besos, tampoco supo, ni quiso, ni pudo resistirse. Así continuaron el paseo, ella con su abrazo irresistible, ambos con el silencio mutuo. Silencio queKatty interrumpió para pedir a su acompañante que se pararan en algún bar a tomar algo, porque tenía sed, y él, que continuaba abrazándola, siguió también insistiendo en que subieran a su casa.
  -Acompáñame un rato, por favor. Quiero estar más tiempo a tu lado y los bares no me gustan. Hay de todo en mi casa, ya te lo he dicho. No te haré daño, ni nada que tú no quieras. Te lo juro. ¿No puedes confiar en mí? ¿Tan mala persona te parezco?
   -No, no es eso. Se trata de algo mucho más simple. No subo a casas de desconocidos. No insistas más, por favor. No subiré, espetó muy decidida.
   -De acuerdo. ¿Dónde vas tú? Permíteme acompañarte.
   -A mi casa. Y puedes acompañarme, pero solo hasta la puerta. No consentiré que entres, así que debo asegurarme de que no te pondrás muy pesado. ¿Podrás hacerlo?
   -Desde luego. Como tú digas, princesa, balbuceó.
  -¿Estás sordo, o no entiendes mi idioma? Como vuelva a escuchar ese cuento de la princesa, saldré corriendo y no podrás detenerme.
   -De acuerdo, de acuerdo. No volveré a llamarte princesa, pero sigo sin entender por qué te molesta tanto. ¿Vas a contármelo?
   Katty persistió en su negativa negando con la cabeza. Odiaba que la llamaran princesa porque le recordaba a su segundo ex marido, al padre de su hijo, pero no se lo dijo. A cambio, volvió a pedirle que le desvelara su misteriosa identidad. 
    -Cuéntame tú antes quién eres y por qué te alojas en el Consulado de tu país.
    -Ya te dije que no puedo hablar de mi trabajo. Gajes del oficio. No quiero perjudicarte y podría hacerlo si te convierto en partícipe de mis asuntos...

EL CABALLERO MISTERIOSO

   "...Mi vida tambièn es un secreto de Estado. Como la tuya..."
   Esa noche, Katty Lloyd caminaba a paso lento, en dirección a su casa y ensimismada en sus pensamientos, cuando una voz masculina, con acento extranjero, le preguntó por una dirección. Alzó su vista y se topó con un rostro de piel oscura, ojos negros y profundos, nariz prominente y labios sensuales, rojos y carnosos. Mientras le daba las indicaciones pertinentes, dirigió a aquel desconocido su encantadora sonrisa ancha.
   -No conozco la ciudad y me gustaría pedirte que me acompañaras. ¿Qué te parece?, le preguntó el hombre.
    -Acepto, contestó ella sin vacilar y sin pensárselo dos veces. No tenía nada mejor que hacer
    -Soy un hombre afortunado, entonces. Me llamo Paulo, se presentó él. ¿Y tú?
    -Katty, le contestó mirándolo fijamente a los ojos.
  -Eres preciosa, Katty. Y me has dejado hipnotizado con esa mirada azul. Desde este instante me tienes a tu disposición. Pídeme lo que quieras.
                           
     -No quiero nada, gracias. Solo pasear y charlar. ¿De dónde eres?
     -De Brasil. La casa donde vamos ahora es el Consulado de mi país.
     -Yo no, vas tú. Me limitaré a acompañarte hasta la puerta.
     -¿Por qué no subes? Hay una piscina fantástica arriba, y todo tipo de bebidas.
     -Gracias. No subo a casas de desconocidos.
     -No voy a hacerte daño, mi princesa. ¿Acaso me ves cara de malo?
     -No, y no vuelvas a dirigirte a mí de esa forma. Ni soy princesa, ni tampoco tuya, le contestó volviéndole a regalar la mirada de sus ojos azules.
     -Tienes los ojos más bonitos del mundo. Quédate un rato a mi lado, por favor.
    -Ya no es posible. Hemos llegado. Me preguntaste por una dirección y te he traído hasta ella. Ahora tengo que marcharme.
    -No te vayas, te lo suplico. Si no quieres subir, me quedo contigo. Podemos dar un paseo en coche. En el garaje tengo un Porsche biplaza a mi disposición. ¿Te gusta conducir?
    -Prefiero seguir paseando, de verdad. ¿Quién eres tú? Me has hablado del Consulado de Brasil, de una piscina, de bebidas y, por último, del Porsche. ¿Puedo saber a qué te dedicas?
    -No, lo siento. Ni siquiera mis padres lo saben. Si te lo dijera te metería en un buen lío, de verdad. No puedo hacerlo.
     -Me dejas patidifusa. ¿Qué ocultas? ¿Altos secretos de Estado, quizás?
    -No insistas, por favor. Además, ahora es mi turno. Me gustaría preguntarte por qué estás triste. Aunque sonrías, he visto la amargura en el fondo de tu mirada azul. Cuéntame lo que te ocurre. A lo mejor puedo ayudarte.
     -No puedes. Y mi vida también es un secreto de Estado. Como la tuya.
     Él le sonrió y le pellizcó la mejilla con ternura. Permanecían de pie, uno frente al otro, junto al gran portalón de madera que, según Paulo, correspondía al edificio del Consulado de Brasil, aunque Katty no vio ninguna señal ni bandera que así lo indicara. Su flamante galán le insistía en que subiera, y ella persistía en su negativa. Volvió a pedirle que, al menos, aceptara el paseo en coche, y Katty volvió a negarse. Pensó en despedirse pero no lo hizo. Algo tenía ese hombre que la atraía poderosamente, y no era su físico. No lo veía especialmente guapo. Tampoco era muy alto ni tenía un cuerpo diez. Delgado, fibroso y de piel oscura, su aspecto se asemejaba más al de un árabe que al de un brasileño. Le sugirió que siguieran paseando y él aceptó. Caminaron durante un buen rato por calles estrechas y rebosantes de ruido y de gente. Apenas hablaron. Intentaban abrirse paso entre la multitud que inundaba el centro de la ciudad, a la vez que se miraban con intensidad y se escudriñaban mutuamente. En ese tiempo, Katty calculó que su acompañante recibió seis o siete llamadas a su teléfono móvil. En la última de ellas escuchó cómo le explicaba a su interlocutor que sí, que había visto el dinero, y que lo dejó de contar al llegar a los cuatro mil, pero que había mucho más. Y que solo había cogido cincuenta. No pudo evitar un gesto de extrañeza y el extranjero lo percibió. En esos momentos la cogió de la mano y se encaminó, casi tirando de ella, hacia un banco libre que había en la esquina de la calle.
     -Vamos a sentarnos un rato. Quédate tranquila, princesa. No voy a hacerte daño.
    -No vuelvas a llamarme princesa. Y no me siento muy tranquila a tu lado. Que lo sepas. Es más: creo que es hora de marcharme, le anunció haciendo ademán de levantarse del banco...

PECHUGA DE PAVO MECHADA

Un suculento plato con el ingrediente estrella de las mesas navideñas
El pavo es uno de los platos estrella en las cenas tradicionales de Nochebuena y Nochevieja y su sabrosa carne se puede cocinar de muchas maneras. Este año mi madre ha preparado dos platos suculentos con la carne del citado animal. Ha utilizado la pechuga para mecharla y el resto lo ha guisado en salsa de almendras. Hoy traigo a estas páginas la primera de las dos recetas: pechuga de pavo mechada.
                   
INGREDIENTES:
Una pechuga de pavo grande, 300 gramos de tocino blanco (si es ibérico, mejor); una cabeza de ajo, media pastilla de concentrado de caldo, aceite de oliva, un vaso de vino blanco, una hoja de laurel, una rama de perejil, harina, sal, pimienta molida y agua.
MODO DE ELABORACIÓN:
Se pelan la mitad de los ajos y se pican muy menuditos. Se corta el tocino en tiras y se pica el perejil, también menudito. Se mezclan en un plato el ajo, el perejil y el tocino y se salpimenta todo junto. Con un cuchillo de punta fina, se agujerea la pechuga de pavo y se introduce en cada hueco practicado a la carne una tira de tocino y un poco de la mezcla del ajo y el perejil. Al término de esta operación, se envuelve la pieza de carne ya mechada en harina y se reserva.
A continuación, en el recipiente donde vaya a prepararse, que puede ser una cazuela grande o la olla exprés, se echa un cazo grande de aceite de oliva y la otra mitad de la cabeza de ajo, con los dientes pelados y enteros y se pone al fuego. Con el aceite templado y antes de que el ajo llegue a tomar color, se añaden la pieza de carne envuelta en harina que teníamos reservada y la hoja de laurel. Se rehoga todo y, en el momento en que la carne y los ajos empiecen a dorarse, se echa el vaso de vino blanco y se deja al fuego hasta que el vino se consuma. Una vez finalizado este paso, se añaden al guiso dos vasos de agua y la media pastilla de concentrado de caldo, y se deja a fuego medio hasta que la carne esté tierna. Si se ha utilizado una cazuela, este proceso puede prolongarse durante unos 80 o 90 minutos. En la olla exprés el tiempo se reduce aproximadamente a la mitad. En caso de utilizar este último utensilio, la recomendación son 30 o 40 minutos. Una vez que la carne esté tierna, lo que debe comprobarse pinchándola, se aparta la pieza en una fuente y se deja enfriar, y la salsa se pasa por el chino. Cuando la carne esté completamente fría, se parte en rodajas de un centímetro de grosor con un cuchillo de cocina bien afilado.
A la hora de comer se sirven las rodajas de carne fría acompañadas de la salsa bien caliente. Se trata de un plato exquisito para la última cena del año. ¡Espero que os animéis a prepararlo y lo disfrutéis mucho!

sábado, 29 de diciembre de 2012

PLACENTERA DOMINACIÓN

     ...Deslizó la mano derecha por el vientre femenino y palpó con las yemas de los dedos el clítoris mojado...
    Ese sábado, El profesor de Matemáticas rompió su costumbre de llamar a Wynie con la noche avanzada y tener que esperarla en el bar habitual el tiempo que ella necesitaba para arreglarse, que no solía ser inferior a la hora y media EL SEXO SIN PRELUDIOS. La telefoneó a las 8 de la tarde y se citaron a las 10. Ella, fiel a su hábito de hacerlo esperar, se presentó un cuarto de hora tarde. Nada más verla llegar, el caballero se levantó y corrió a saludarla con un apretado beso en la mejilla y una mirada ávida a los pechos redondos que sobresalían del generoso escote de un vestido ceñido hasta la cintura y con falda de vuelo.
    -Anoche soñé contigo, le confesó al tiempo que tomaban asiento en la barra.
    -¿Por eso me has llamado? ¿Qué soñaste?, lo interrogaba ella.
   -Que saboreaba tus preciosos pechos. Los lamía lentamente, tus pezones se empinaban y me excitaba con tus gemidos. Se me ponía dura como una piedra y te penetraba frente al espejo. Me corría con la visión de tu cara extasiada por el placer. Me desperté mojado y comprobé que mi semen se había esparcido por toda la cama, relataba con los ojos encendidos de deseo.
                           
   -Ya. El motivo de tu llamada está claro, comentó ella en tono indiferente.
   -Llevo todo el día pensando en ti. En lo bien que lo pasamos juntos y no solo en la cama. Verte me agrada, nuestras conversaciones me divierten y el tiempo que estoy a tu lado transcurre volando.
    -Me halaga que me lo digas. No sueles expresar tus sentimientos.
   -Tampoco tú lo haces. Hoy quiero recordarte que hace tres años que empezamos con esta relación, o como quieras llamar a lo que hay entre nosotros, apuntó él. 
   -El nombre no importa. Para mi, eres EL AMANTE DURADEROEmi siempre dice que nos vas a durar más que El Polaco.
    -Lo que diga tu amiga me la trae al fresco. Quiero saber lo que sientes tú.
   -Acabo de decírtelo. En todo este tiempo has sido el único de mis amantes al que sigo viendo. Los demás han pasado por mi vida con la fugacidad del rayo, indicó ella.
   -Lo celebro, expresó él, con el gesto sonriente y su copa de vino levantada para brindar.
    Wynie lo secundó y ese brindis fue el preludio de una noche mágica. El profe, después de invitarla a cenar, la llevó a una elegante coctelería del centro de Madrid y pidió una botella de champán. Sentados en un cómodo sofá para dos, sus bocas intercambiaban bebida y besos y sus ojos desprendían destellos de deseo. Estuvieron varias horas así, las lenguas enredadas, los piropos cruzados y las manos entrelazadas. Vaciaron la botella de champán y salieron al exterior. Una fina lluvia mojaba el asfalto y Wynie se estremeció de frío. Él la tomó entre sus brazos y la llevó pegada a su cuerpo hasta la puerta de su casa. Mientras ella abría el portal del edificio, le preguntó si lo invitaba a dormir.
     -¿Tú qué crees?, le devolvió ella la pregunta adornada por el sonido de una carcajada.
    El profe extendió sus brazos, la tomó por la cintura y la encaramó a su cuerpo. Cargó su peso hasta la misma puerta del apartamento. La bajó para que abriera y, nada más entrar, le pidió que se quitara la ropa.
    -Quítamela tú, le pidió ella.
    Él volvió a cogerla, la llevó en brazos al cuarto de baño y la situó frente al espejo. Se colocó detrás y empezó a desnudarla al tiempo que besaba su cuello y tomaba los pechos con sus grandes manos. Al escuchar los primeros gemidos, deslizó la mano derecha por el vientre femenino y palpó con las yemas de los dedos el clítoris mojado. Se desnudó por completo y el espejo le devolvió a Wynie la imagen de la poderosa herramienta de su amante formando un ángulo recto con el torso.
    El hombre puso a la mujer con las manos agarrando el lavabo mientras la sujetaba por las caderas y la penetraba por detrás. El placer aparecía dibujado en los rostros de ambos que les mostraba el espejo y los jadeos rompían el silencio de la noche. Marcando la cadencia del coito, él entraba y salía de su interior mientras ella relajaba su ser entero para entregarse por completo a las sensaciones de aquella dominación sensual y placentera. Estallaron de júbilo al unísono y él se derramó sobre la espalda de ella. La abrazó y le susurró al oído que ninguna mujer lo hacía tan feliz. Se amaron durante el resto de la noche y parte de la mañana del domingo. En el baño, en el sofá, en la cama y sobre la mesa de trabajo de ella. Él se despidió con un beso profundo y una petición: “no quiero que pase un mes hasta que volvamos a vernos”. Ella le abrió la puerta sin palabras. Sus labios lucían una amplia sonrisa.

ORGÍA DE CHOCOLATE

...Esparció el chocolate por su cuerpo, hundió la cara en su vientre y escarbó el ombligo dulce con la punta de su lengua...
    Cuerpos pegados, lenguas atadas, gemidos que estallaban en los labios y manos que se apresuraban para desabrochar botones. En la cocina del apartamento de WynieEl Muchacho de Mirada Transparente se relamía sus labios encarnados mientras dejaba al descubierto los pechos redondos y los pezones turgentes de una mujer que le fascinaba y le inquietaba por el hecho de que podría ser su madre. LA EDAD DEL AMOR Admiraba su piel tersa, sus nalgas prietas y la flor rosada que asomaba al pubis, apenas oculta por un vello incipiente.
    La agarró por la cintura y la subió a la encimera de la cocina. Cogió uno de los yogures de chocolate que acababa de comprar en el supermercado SEXO INESPERADO lo abrió y hundió sus dedos en la crema. La untaba cuidadosamente por toda la superficie de los pechos de Wynie con la mano derecha, y con las yemas de los dedos de su mano izquierda rozaba los pezones rebosantes de chocolate que crecían con sus caricias.
    
       
    La lengua circundó el valle, ascendió a beso lento por la ladera de la montaña marrón y arrastró hacia lo más empinado de la cima desnuda el chocolate que los labios juguetones habían esparcido por la falda de un volcán que entraba en erupción y dejaba el aire inundado del sonido del placer.
    El muchacho cogió a la dama en sus brazos fuertes y la tumbó en el sofá. Terminó de desnudarla, abrió otro yogur y esparció el chocolate por su cuerpo. Hundió la cara en su vientre, escarbó el ombligo dulce con la punta de su lengua, se sumergió hasta el delirio en la piel de ébano que se erizaba conforma la iba surcando con sus labios y, cuando su rostro al completo quedó bañado por el chocolate absorbido del cuerpo de Wynie, lo plantó frente a sus labios. Ella lamió la frente ancha, los párpados suaves y los pómulos prominentes. Limpió el chocolate que le caía por la barbilla con las puntas de los dedos y los introdujo en la boca del niño glotón que los chupaba con avidez. Y el niño envuelto en el deseo del hombre saboreó el resto del chocolate que tapaba el sexo femenino, achuchando el clítoris entre sus labios, absorbiendo cual abeja juguetona el néctar de la flor y deleitándose con el sabor dulzón del agua que salía de las profundidades y se mezclaba con el chocolate...
   Wynie alcanzó varios orgasmos seguidos en aquella orgía de chocolate y cuando los espasmos que estremecían su ser al completo redujeron su intensidad, volvió a la Tierra y vio al muchacho de rodillas frente a ella, con el torso desnudo, el pantalón bajado y su hermosa virilidad estallando bajo el bóxer negro. Sus manos liberaron al prisionero y lo acariciaron. Sus ojos se abrieron de par en par al comprobar admirados que aún crecía más. La hembra salvaje que llevaba dentro no pudo evitar la tentación de seguir el juego del muchacho. Fue a buscar otro yogur, lo abrió y expandió el chocolate por el tallo duro y brillante. Sujetando el escroto con la palma de su mano izquierda y el tronco con la derecha, lamió el chocolate que cubría el pene desde la base hasta el glande. Al llegar a este, lo introdujo por completo en su boca y desplazó la lengua arriba y abajo del frenillo, acompasando los movimientos de su cabeza a los de las caderas masculinas...
    Momentos antes de estallar de júbilo, el muchacho se retiró. Buscó un preservativo en el bolsillo de su pantalón y se lo puso. Se tumbó sobre ella y atravesó su interior resbaladizo con el miembro duro y ardiente. Las caras pegadas, las manos de cada uno apretando las nalgas del otro para hacer la penetración más profunda y las lenguas chupando los restos de chocolate que quedaron en los rostros. Se apretaron tanto que sus cuerpos se fundieron en uno, sus piernas se pegaron como colas de sirena y sus brazos se estrecharon en una unión de jadeos y besos de chocolate que los transportó a un firmamento de lujuria dulce...
    Al término de aquella mañana de orgasmos y chocolate, Wynie se regodeó contemplando la despampanante belleza desnuda del muchacho que descansaba en el sofá. Limpió las huellas de la orgía, ordenó la casa y despertó al muchacho con un beso en los labios.
  -Tienes que marcharte, le susurró al oído. Debe ser la hora de ir a buscar a mi hijo al colegio.
    El joven obedeció y se vistió con premura. Se dieron un beso largo y profundo. Él pellizcó sus nalgas y la despidió con su sonrisa provocadora y el destello de su mirada transparente. Wynie se dio una ducha rápida, se puso un pantalón tejano y una sudadera deportiva y miró el reloj. Tenía que salir corriendo. Faltaban pocos minutos para que dieran las cinto en punto de la tarde. “Hora torera y fin de la fiesta chocolatera”, exclamó con la satisfacción del guerrero que mostraba en su semblante el orgullo de la victoria.